¿Comer sin sal y sin grasa? Mejor, comer bien

Comer sin y comer bien, no son ideas equivalentes. Sin embargo, hoy en día sabemos que determinados componentes en nuestra dieta pueden ser perjudiciales y que debemos evitarlos en cierta medida.

Un ejemplo claro es la sal. Además de aumentar la tensión arterial y el riesgo cardiovascular, un consumo elevado de sal puede inducir la aparición de brotes o un recrudecimiento de los síntomas en personas con esclerosis múltiple (EM). La causa de ello es que promueve un aumento generalizado de la actividad inflamatoria.

Un exceso de sal se ha relacionado anteriormente con el empeoramiento de otras patologías de naturaleza autoinmune como la artritis reumatoide o la enfermedad inflamatoria intestinal. Incluso es posible que sea uno de los factores ambientales que inicien la activación de estas enfermedades en personas sensibles.

La pauta adecuada para el consumo de sal sería usarla con moderación, lo cual no necesariamente implica evitarla. Como referencia, la Organización Mundial de la Salud ha determinado que la ingesta máxima para la cualquier persona sea de 2 gramos/día de sodio (unos 5 g diarios de sal).

Además de la que usamos al cocinar, es recomendable leer las etiquetas eligiendo aquellos productos bajos en sodio y tratar de evitar los alimentos muy procesados, condimentados o enlatados.

Con respecto a las grasas, debemos tener en cuenta que su consumo puede contribuir al sobrepeso y este, a su vez, agrava la fatiga y el estreñimiento, además de dificultar la movilidad.

La obesidad en la niñez y la adolescencia es un asunto que resulta especialmente preocupante, ya que es un factor que podría predisponer al desarrollo de la enfermedad en la edad adulta.

No obstante, no conviene demonizar las grasas en general, ya que algunos ácidos grasos son beneficiosos. Así, ciertos ácidos grasos de cadena corta, como el acético (vinagre) mejoran el perfil de la flora intestinal, que se ha revelado como un importante agente regulador de la inflamación en el sistema nervioso.

Otro tipo de ácidos grasos, los poliinsaturados presentes en el pescado azul, las semillas de lino, las nueces y ciertas frutas han probado tener una doble acción antioxidante y facilitadora de la absorción de vitamina D.

Esto nos indica que no se trata de eliminar completamente cualquier grasa de nuestra dieta, sino que más bien es cuestión de consumirlas de manera inteligente, tomando más de las más beneficiosas.

En términos generales, podemos decir que evitar las comidas copiosas y tomar raciones pequeñas pero frecuentes será la clave, junto con una actividad física regular, para esquivar el sobrepeso. Si a esto le sumamos una mentalidad basada en el equilibrio de nutrientes (comer de todo) y la enemistad con los excesos, tendremos un asiento sólido para nuestra dieta.

Aun así, es complicado establecer una pauta general que le sirva a cualquier persona. Habrá que tener en cuenta otros aspectos, como la necesidad de suplementar carencias vitamínicas o las intolerancias a un grupo de alimentos, que son mucho más susceptibles de cambios individuales y que tendrán que valorarse para cada caso particular.

Referencias:

 

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